Pieles

El sonido del barco indica tu partida,
o la mía.
Da lo mismo.
Tengo un sentimiento de extrañeza,
de otredad,
de ser alguien más,
en un lugar que no conozco.
Muchas veces deseé salirme de mi propia piel,
del espacio que ocupo.
Ahora fuera,
salvaje,
primitivo,
magro,
no sé a dónde ir.

~Cristhopper

Vaticinios

"El mejor año de mi vida hasta hoy a punto de comenzar! 2012: Año de éxito, energía, música, revelaciones, decisiones, culturas, países, idiomas, colores, texturas, sabores, descubrimientos, confirmaciones, liberaciones, bendiciones, sorpresas, salud, crecimiento, amor y luz!"

Cristhopper (2011, a punto de terminar para siempre)

Un cuento en cuatro partes. Parte 3: Complicaciones

El día de la segunda noche rompió la oscuridad de la anterior con un cielo limpio y claro como si el cielo hubiera escuchado sus plegarias y se hubiera apiadado de ella y del sufrimiento de cargar con el anillo a cuestas. Todo parecía haber sido una pesadilla de mal gusto, como el final apócrifo de una sirena que se desvanece en el viento, víctima de las circunstancias.

Ella se despertó de buen humor, sin el mal sabor de boca de las noches de pesadillas. Tomó un baño y sin mayores contratiempos condujo el auto al trabajo. El anillo le sentaba perfecto y sin embargo, el cielo se antojaba azul y acogedor, sin rastros de lluvia, fundido en el horizonte de un mar en calma. Era como si alguien o algo finalmente comprendiera su situación. Entró en su oficina como cualquier otro día, con la cabeza en las manos y las manos en los asuntos pendientes. Todo parecía ir tan natural. Decidió no prestar atención a los detalles. Finalmente los detalles la hicieron víctima tantas veces de adolescente, como cuando tuvo que aprender a olvidar o a decidir no pensar, a no tocar y a nunca abrir. Y así aprendió a satanizar lo que pudiera causar cualquier desequilibrio mental y a bendecir la rutina y las aguas estancadas de lo establecido. Había descubierto la comodidad de sentarse en las manos arrugadas de la certidumbre, una señora inamovible, envejecida por la costumbre y cubierta con un traje de polvo y telarañas. Muy a pesar de lo fundamentalmente inusual de la situación, había decidido ignorar y creer.

Fue entonces, mientras revisaba el guión del siguiente comercial, cuando percibió de nuevo ese olor. Era tenue y muy delgado. Apenas irreconocible. Suave pero persistente. Le conocía muy dentro. No aumentaba ni disminuía, pero se movía a su alrededor, como envolviéndola. Era el olor del hombre de las pesadillas. Repentinamente el aroma se hizo más fuerte y denso, como un animal salvaje que ha sido descubierto y en respuesta se defiende encrespando la piel, mostrando las garras y colmillos y produciendo sonidos de guerra para ver si así consigue intimidar al enemigo.

Intentando no perder la calma, buscó la fuente del olor que parecía provenir del librero en su oficina. Al abrir el segundo cajón, encontró un reproductor de música digital. Era de un rojo metálico, delgado y con el frente cuadrado. Dispuesto ahí con cuidado, en una caja de plástico duro y transparente. Había olvidado las razones de haberlo guardado ahí. Lo envolvió en sus manos con una devoción casi propia y lo llevó a su pecho. En medio de suspiros involuntarios, rozó con él su nariz y al hacerlo el olor desapareció instantáneamente, como si lo hubiera absorbido en una sola bocanada. Fracciones de segundos después, una gota de agua reventó con el impacto de caer en su mano. En ese preciso instante, escuchó el estruendo de un relámpago azotar vertiginosamente el cielo y sintió la necesidad angustiante de volver a casa, de abrazar a alguien, de respirar con libertad. En la ventana el cielo se cubrió de nubes. Afuera no llovía, pero adentro era una historia diferente. Las gotas no dejaban de caer por sus mejillas. Sin embargo, no lloraba.

El viaje a casa se pudiera contar en tonos de azul y negro. Una sinfonía marcada al tiempo en que el cielo se oscurece. Como si el gran ojo de la existencia, se cerrara para dar paso de la visión a la intuición, del mundo real al de los sueños. Un mundo donde la realidad se confunde con la mentira y donde nunca se puede estar seguro si lo que se percibe existe y viceversa. Afuera seguía sin llover.

Cuando abrió la puerta de su casa, percibió el olor a madera más intenso que nunca. No era desagradable, más bien seco, como contenido en sí mismo. Provenía de varias partes: nunca tan fuerte, nunca tan definitivo. Como dispuesto así a conciencia. Dividido en pedacitos. Guardado en partes iguales y en lugares diferentes. Cubriendo su nariz y boca, transitó de un cuarto al otro, rastreando el origen de algo que pensó sólo habitaba en sus pesadillas. Tomó un pañuelo desechable a su paso por la cocina. La lluvia de sus ojos no cedía. Era física pura. ¡Maldito Arquímedes! Como si las pesadillas no fueran castigo suficiente, pareciera que las lágrimas no lloradas durante toda su vida se hubieran acumulado e irremediablemente se derramaran sin intención alguna. Cuando llegó a su cuarto, el olor parecía punzarle la nariz y las sienes. Sacó el reproductor de música de su bolsa y sin desvestirse, se recostó en su cama con la mirada hacia arriba. Acto seguido contuvo la respiración y colocó las manos en el pecho. Para este momento el olor se había vuelto sofocante y el anillo en su mano izquierda lucía oxidado, quizás por el agua llorada. Cerró los ojos y en un respiro profundo, se sumergió en la oscuridad de la tormenta.

~ Cristhopper


(Des)esperanzas

Tal vez te pido demasiado, porque algo en ti pareciera no alcanzarme. Como si mi cuerpo se hubiera quedado atrás, en un plano físico diferente al tuyo donde no puedes tocarme. Tal vez nunca existí en ti ni fui parte de tu vida, pero tuve una visión de nosotros, de lo que seríamos juntos. Tal vez la visión sólo fue tuya, de lo que pudiste ver en tu futuro y yo una simple consecuencia del vaivén de tu destino golpeando como olas las costas de tu supuesta existencia. El repetir sin sentido de una realidad sin preguntas ni respuestas, sólo armada con hechos inexplicables y contradicciones. Tal vez me llamaste desde tu espacio-tiempo, con tus deseos de hacer las cosas diferentes. Quizás fue tu recalcitrante deseo de ser amado, tus ojos de terror por vislumbrar una vida llena de sacrificios. Algo me trajo a ti. Una conexión más allá de lo que puedo explicar. Ahora entiendo por qué no podemos vivir muchos años. Todos somos lo mismo, una masa de conciencia colectiva, el mismo espíritu dividido en millones de pedacitos, que no se destruye nunca, sólo renueva los ánimos perdidos a través de la muerte. El planeta manifiesta sus ganas de vivir y nosotros somos su más arriesgada apuesta, simbióticos sin otro propósito que destruirlo. Porque se atrevió a creer en la vida y en compartirla con los que finalmente terminarían asfixiándolo desde adentro poco a poco y sin misericordia.
El ciclo no termina con nuestra muerte, insignificantes seres apenas vivos, sino con la muerte del planeta mismo. Todo este tiempo estuvimos en un error. Todo lo que ha pasado, sólo ha pasado una vez en la historia del universo. No hay pruebas de ningún ciclo, ni de repetición alguna. No hay segundas oportunidades para hacer lo que no hiciste hoy. Nunca las hubo, ni las habrá. Un engaño más. Mentira cruel. Un inmisericorde consuelo de mediocres. Mañana no habrá nadie para perdonar tus faltas ni escuchar tu llanto por el daño autoinfligido. Ese perdón no lo podrás encontrar nunca, porque no existe. Nadie atenderá tus súplicas de volver a intentarlo. Todos te darán la espalda. A ti y a los tuyos. No es tu culpa. No es la culpa de nadie. Todos somos la misma vida. Que se autoconsume con el pasar del tiempo. Tal vez tus nietos puedan vivir en otro planeta, una vez que éste se apague. Pero nada podrá salvarlos de ellos mismos. No estarás ahí para consolarlos. Porque el consuelo no existe. Tú no existes. Yo no existo. Pero lo que sientes, es real.

Crísthopper

Amarres y anclas

Tal vez sea tu simpleza,
tu libertad de pensamiento,
la manera en que te ríes,
como ves la vida,
lo que te preocupa,
los tonos de tu voz,
la forma en que te expresas,
tu modo de gritarle al mundo que quieres estar aquí y ahora.
Por primera vez te sientes más viva que nunca.
Sientes la complejidad de ser en vez de sólo estar,
el dolor de sentir en lugar de sólo pensar.
El placer culposo de depender,
es la culpabilidad placentera de abandonarte a tus rodillas,
esperando que el momento nunca se acabe,
suplicando que este instante dure para siempre.

~Cristhopper

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